COMO TODOS LOS MUERTOS DE LA TIERRA
Larga y perezosa muerte que dura a veces toda la vida, toda una vida.
José Bergamín
Quizás ahora que ya no siento dolor comprendo que voy a morir. El dolor fue antes, en la enfermería de la plaza: una dentellada que nacía en la ingle y que irradiaba hasta el abdomen y a lo largo del muslo. Fue allí donde apareció el sufrimiento, y con él, paradójicamente, la conciencia de estar vivo. Uno no experimenta la certidumbre de estar vivo sino en los momentos en que puede no estarlo. Allí nació el dolor, bruscamente, igual que si emergiera del borbotón de sangre que los médicos se esforzaban en detener, como en un parto monstruoso del que nadie iba a alegrarse. Antes no. Yo estaba sentado en el estribo de la barrera, con la muleta armada en la mano derecha; el toro vino recto hacia el trapo, bravucón y codicioso, mientras yo levantaba la mano y dejaba que la falda del engaño le barriera el lomo sembrado de banderillas; así pasó dos, tres, cuatro veces: sin llegar a estrellarse en las tablas, porque ya me iba incorporando con lentitud y separándome de la barrera. Cuántas veces había iniciado la faena de la misma forma... Pero ayer todo eso, tan conocido, era algo absurdo. Yo no tenía que estar allí: había llegado reemplazando a Ortega, que había tenido un accidente; tampoco sabía por qué estaba nuevamente vestido de luces, cuando años atrás había decidido retirarme para cambiar las tablas de los burladeros por las bambalinas de los escenarios. Un torero escritor, qué cosa más ridícula. No se puede ser torero y pensar demasiado, dice la voz popular. Entonces no había nacido aún el dolor, ni tampoco cuando me llevé al toro con tres muletazos inverosímiles hacia los medios. Pero fue allí cuando sentí penetrándome en la ingle el fuego del pitón, como una inmensa escaldadura; y la plaza que giraba como un zodíaco enloquecido mientras por todos lados se agitaban percales, medias rosas, zapatillas negras, el oro de los espadas y la plata de los subalternos. Era un cauterio y la baba tibia de la sangre que bajaba chorreando por el muslo, como cae en lenta cascada la sangre del toro picado hasta la pezuña. Fuego y tibieza pero no dolor aún, como sentí después en la enfermería, mientras los médicos taponaban ese agujero que por dentro se abría en quien sabe cuántas secretas ramificaciones, como el árbol bronquial de la pena. Lejanamente me llegaba el vocerío de los tendidos; y se iba ensanchando como un fuelle la conciencia de estar vivo aún y la esperanza remota de que fuese verdad la sentencia que afirma: torero que no muere en la plaza, se salva.
Pero ahora ya no siento el dolor y tengo la certeza de que voy a morir. Estoy en este cuarto extraño del sanatorio Villa Luz en el que parecería haberse concentrado todo el calor del agosto madrileño. Hay alguien junto a mí que me abanica. José me habla despacio, como si temiera herirme los oídos. Me dice que me han operado, que no pierda la calma, que estoy un poco mareado por la anestesia y los calmantes. José y yo deberíamos estar ahora en otro sitio, bebiendo cañas en alguna terraza, como tantas veces en otros veranos. Pero estamos en el sanatorio Villa Luz y José me apantalla y me envía oleadas de un aire tibio e impregnado en yodoformo. Ya no duele, ya no tengo la convicción de vivir, pero me atormenta la sed. A veces los toros orinan y estercolan en el redondel, sin saber que esos actos fisiológicos son perfectamente inútiles, pues en minutos más habrán de estar muertos. El hombre sabe que va a morir, y sin embargo, si está a su alcance, procura evitar hasta el último momento cualquier incomodidad. Un pariente mío se estaba muriendo de un infarto masivo y pedía a la mujer que le acercara un pañuelo con perfume, porque eso lo ayudaba a respirar mejor. ¿O era que no deseaba irse de la vida sin sentir por última vez una determinada fragancia? Yo también sé que me muero, pero es como si el tormento efímero de la sed fuera más imperioso de aplacar que esa angustia sin orillas que es morir.
La realidad definitiva, el ansia de nuestros místicos, la apetencia de muerte que no es otra cosa que sed de inmortalidad. Cómo podría comprenderse, de otra forma, que un hombre se vista de oro y de seda para sacar belleza de su enfrentamiento con un toro... No hay belleza sin destrucción. Sin la posibilidad de la muerte, la corrida no sería más que un juego de equilibristas encima de la red, un espectáculo circense como los toros embolados de Portugal. Pero así, en cambio, con el azar de la muerte, es una obra de arte terrible, una tragedia que, quizá en mi caso, comenzó a escribirse mucho tiempo atrás, cuando Granadino era apenas un añojo al que se le iban anunciando los cuernos, cuando decidí abandonar el teatro por la arena, después de dejar antes aún el redondel por los escenarios. Apetencia de muerte, apetencia de gloria, aplausos y claveles, y todo eso no vale hoy lo que el búcaro de barro fresco del callejón de la plaza, lo que un buche de agua de botijo cuando se tiene todo un arenal ardiendo en la boca.
—Un vaso de agua, hermanita, por favor —y ahora es José el que habla con la monja que se ha acercado con una palangana enlozada—. Un vaso de agua, que se muere de sed.
No me muero de sed, sino de los huevos de muerte que el pitón de Granadino sembró bien hondo y en varias trayectorias entre mi muslo derecho y la ingle. Cuando el pitón entra se tiene la sensación de lo irremediable, de lo que ya no puede volver atrás. Si se gira a la inversa la manivela del cinematógrafo, puede volver el pasado y repetirse; pero cuando el asta vulnera la piel y desgarra los músculos, cuando quedan expuestos o cortados los paquetes vasculares, entonces no hay forma de girar la manivela en contrario: es lo irremediable. A los dos años me gustaban los cuchillos y las tijeras, y cuando yo era niño, éstos eran utensilios costosos, que pasaban de generación en generación, hasta que las sucesivas afiladas los volvían inutilizables. Una tarde, escondido debajo de la mesa, me corté un círculo de camisa con la tijera, quizás con la secreta ilusión de estar fabricando algo bello; después quise que la camisa volviera a su estado anterior, pero ya no era posible; y tuve la intuición de que sería castigado. Sentí miedo por el castigo, pero más aún por haber realizado algo que no tenía retorno. Años más tarde, cuando maté mi primer becerro, recordé súbitamente aquel episodio de mi infancia: la espada que había envainado en los blandos del animal ya era un hecho irremediable: podía sacarla, pero no evitarle la muerte. No maté a ese becerro con un estoque, sino con un recuerdo filoso como una tijera. Cuchillos y tijeras eran en mi infancia utensilios costosos: no había que dejarlos al aire en días de tormenta, porque atraían los rayos; y una vez que se mellaban y se tornaban inservibles, había que arrojarlos sobre los techos, para aventar el vuelo de las brujas. Y es el metal de todos esos hierros de mi niñez el que me llena en este instante la boca, el que me lacera los labios.
—El agua, hermanita —y ahora soy yo el que se la pide.
—Tenga un poco de paciencia, don Ignacio. Hace tanto calor que tarda en enfriarse. Un poco de paciencia...
Ella no sabe que me estoy muriendo, o finge no saberlo: de otra forma no me pediría paciencia, como piden algunos toreros a los tendidos cuando la faena comienza a impacientarlos. No sabe, o finge no saber, que los huevos de muerte que Granadino desovó sin odio en mi ingle, como una inmensa mosca, fermentaron rápidamente en el calor de la enfermería de la plaza de Manzanares; no sabe que cuando la ambulancia llegó, ya de madrugada, para trasladarme a Madrid, no me traía a mí solo, sino también a esta muerte perezosa y larga. Ahora ya no siento el dolor, como en aquellas horas que pasé en la enfermería de la plaza. José me apantallaba para darme aire, porque no era suficiente con el que pujaba por entrar por el único ventanuco enrejado. Por ese pequeño rectángulo yo veía avanzar la tarde, sin noticias de la ambulancia que tenía que conducirme hasta Madrid. De vez en cuando se asomaba por esa abertura carcelaria un campesino de rostro terroso y le preguntaba a José:
—¿Se ha muerto ya?
¿Cuál era su urgencia por anoticiarse de mi muerte? ¿Era la piedad, el miedo, la morbosidad lo que lo llevaba a reiterar su pregunta? La tarde avanzaba lenta, con la lentitud interminable de los sanatorios, de las cárceles, de las estaciones ferroviarias. Sólo se percibía el tiempo en los tonos de luz, que iban del blanco violento al ámbar, del rosa viejo al sucio bermellón; hasta que todo se fue entenebreciendo y sólo el oído quedó en vela, afinándose para captar el motor de la ambulancia. Torero que no muere en la plaza, se salva. Pero tenía que salir de allí, de ese pueblucho polvoriento, llegar adonde pudieran atenderme bien. Huir de Manzanares como quien huye del patíbulo, sin saber que la muerte no está en tal o cual lugar, sino dentro de uno. ¿O es que tenemos con la muerte nuestro punto de encuentro, único, preciso, determinado? ¿Lo sabía acaso Joselito esa tarde de mayo en que iba tan alegre en el tren hacia Talavera de la Reina, despreocupado después del abucheo del día anterior en Madrid? ¿No era esa una tarde de toros como cualquier otra, casi aburrida hasta que salimos los dos a alegrarla en banderillas? Pero un instante de distracción fue suficiente para que Bailaor le abriera el vientre y lo dejara muerto en el ruedo. Yo estaba allí, pero no era mi toro ni mi muerte. Y qué hermoso estaba cuando lo velamos en la calle de Arrieta... Yo sólo había podido ser su banderillero. Pero Bailaor no era mi toro, ni la cornada en el vientre era para mí. Quizás esta de ahora no sea tampoco mi muerte, sino la de Ortega, a quien en última instancia estaba ayer sustituyendo. Pero la muerte es algo demasiado preciso y definitivo como para hacer conjeturas o urdir supersticiones.
—El agua, hermanita, por caridad.
—Ya, ya, un poco de paciencia.
De niño, lo veo patente, a veces me entretenía recogiendo guijarros en las calles polvorientas. Recuerdo la luz, que vibraba en el aire; y las horas estivales en que iba metiendo, en un frasco o en una botella de ancha boca, los cantos rodados. Algunos tenían la forma y el tamaño de huevos de pájaros, otros eran más bien cuadrados o con aristas, lisos o ásperos, pulidos o rugosos; los había amarillentos, ambarinos, ocres, rojizos, de reflejos verdes, casi negros. Después ponía el frasco debajo del agua y los guijarros calientes parecían chirriar. Pero lo más asombroso era cómo resaltaban los colores de las piedras mojadas. Era una magia que duraba unos instantes, porque pronto el sol los volvía a secar y los colores de nuevo palidecían. En la playa, en cambio, el efecto era inverso: a veces recogía piedras que me parecían hermosas cuando estaban mojadas por el mar, pero después, una vez secas, todas tomaban un tono mate, con manchas blancas de sal. Así son también los toros, brillo y color cuando la tarde está empapada en el agua del espectáculo y piedras opacas y salitrosas cuando termina la fiesta. La sed, esta sed insoportable, me lleva a la memoria del agua, le da un sentido a mi tormento. Y la memoria del agua me lleva siempre hasta mi niñez.
—Un poco de paciencia, el agua tarda en enfriarse con este calor —repite la monja, aunque es probable que no quiera dármela porque el médico no le dijo taxativamente que lo hiciera. La monja me trae a la mente otras personas, dispuestas a obedecer hasta el absurdo e incapaces de obrar por sí solas en lo más mínimo.
—Está bien, hermanita —le contesto, más con fastidio que con odio—. Que Dios se lo pague en el cielo con la misma velocidad...
Pero José se las ha ingeniado para conseguir unos trocitos de hielo que me va pasando por los labios. Siento el rostro hecho un ascua y la mitad inferior del cuerpo como si fuese de mármol. Ya no tengo dolor. José me apantalla y me llega el vaho del yodoformo; también, detrás del antiséptico, un hedor oculto, como el de las cabezas de toros mal embalsamadas. Ahora es el doctor Segovia el que está a los pies de la cama, todo de blanco, y habla en voz queda con José. Es un diálogo fragmentario, como se conversa en la realidad, no como se simula que se habla arriba de la escena. Dice, o creo que dice, que van a hacerme una transfusión; también que Bienvenida se ha ofrecido como donante.
—¿Tan mal está doctor? —alcanzo a escuchar la pregunta de José.
Pero no oigo la respuesta, porque entro en una especie de burbuja de silencio. La luz reverbera lastimosamente en el guardapolvos del cirujano, más violenta que instantes atrás en el hábito de la monja; reverbera y me hace entrecerrar los ojos. Piensan que me desmayo, pero es sólo como una caída en el sueño, en un ensueño de líquidos tibios, de piscinas verdosas. En verano, el aire de mi infancia era envolvente como un agua de superficie. Había una calle de tierra, en el suburbio, con un lado de sombra y otro de sol, como una plaza; del lado de la sombra había cercos con enredaderas de campanillas. La densidad del aire, la sierra sin fin de los insectos, el azul de las campanillas, todo ello era una suerte de mundo familiar que a menos de cien metros se tornaba desconocido. En una ocasión, a la hora de la siesta, había sentido la atracción del lado de la luz: allí todo se veía distinto, como empolvado de blanco, y el aire quemaba y cortaba al entrar en los pulmones. Aquella tarde había vuelto a casa insolado: toda la habitación giraba mientras las mujeres hacían turnos, como en rueda de peones, para cambiarme las compresas heladas con que intentaban apagar el ardor de mi cabeza.
—Se desmaya —anuncia José.
El médico me toma el pulso, me abre los párpados con unos dedos fríos, como si los hubiese sumergido en alcohol. Ahora entra alguien más a quien no reconozco. Y esa luz, como la de la calle con campanillas azules de mi infancia, como la que tiraniza los ojos cuando se abre la puerta de cuadrillas. El ruedo es un círculo de yeso donde se busca en vano una arista, un punto de apoyo, porque todo resbala en la luz como en el guardapolvos del doctor Segovia, en las paredes encaladas de la clínica, en la palangana de loza llena de algodones oscuros de la hermanita que aún enfría un agua que nunca voy a beber.
—Está inconsciente —dice el médico.
—¿Tan mal está? —pregunta el que ha llegado— ¿Qué es lo que tiene?
—Gangrena —responde el médico como si gargajeara—. Gangrena gaseosa.
Perder la conciencia es lo que ellos llaman a no dar los signos esperados. Pero yo sé que la conciencia no se pierde, sino que se repliega a algún burladero del alma. Ya no siento dolor, solamente floto en un agua tibia llena de pétalos marchitos, de flores descompuestas, de frutos mohosos, de hojas carbonizadas. El baño tibio después de la corrida, cuando el cuerpo está empapado en un sudor en el que se han destilado todos los miedos. Y otra vez la sensación de lo irremediable en las palabras que el médico cree que no puedo escuchar, la camisa cortada de mi infancia, la taleguilla cortada en la enfermería de la plaza, el estoque hundido en la cruz del becerro, el asta de Granadino escarbando en mi muslo, lo que se rompe y ya no se compone, lo que no se sana ni se puede reparar.
—Entonces, ¿no hay remedio?
—Tardó mucho en llegar a Madrid.
—Estaba empecinado en que no lo curaran en la plaza, sólo permitió que le taponaran la herida.
—Pero fueron muchas horas, y bastan ocho o diez para que se incube la gangrena.
—La ambulancia parecía no llegar nunca, y después este camino de infierno...
—Sólo queda esperar que no sufra. Tal vez se mantenga inconsciente, porque la infección ya le debe estar llegando a la sangre. Es mejor que permanezca así.
Ellos creen que no escucho. Pero sus palabras tampoco me aterrorizan: no hacen más que darle sonido a aquello que yo ya he oído en el silencio. Quizás ésta no era mi muerte, sino la de Ortega, quien debía torear ayer en Manzanares. Yo salí al quite y se la saqué de encima con dos capotazos; la tomé para mí, y ahora Ortega quizás se muera de viejo, dentro de muchos años, en su propia cama. Quizás esta sea la muerte que yo mismo busqué desde el primer día en que me puse frente a un toro, en que sentí la atracción de la luz. Dicen que el toreo es el arte de escamotearle bellamente a la muerte; aunque más bien es la posibilidad de coronar con un final cruento una vida que osciló entre la belleza y la sangre. El verdadero sacrificio se consuma no cuando muere el toro, sino el torero: es la máxima ofrenda en el altar de lo bello, la ofrenda verdadera. La muerte del toro es rápida, casi incruenta, pese a la impericia de algunos matadores; los ocho toros de ayer no tardaron más que unos minutos en morir, y ya estaban abiertos y desollados mientras yo esperaba la ambulancia en la enfermería. Pero esta muerte perezosa y larga, qué poco tiene que ver con la que pintaron los artistas... Esos toreros tendidos socráticamente en sus lechos, hermosos y pálidos en la agonía, con los hombres de sus cuadrillas arrodillados junto a la cama o respetuosamente en pie, monteras y castoreños sobre los pechos angustiosos... Así de hermoso estaba también Joselito en Talavera de la Reina después que Bailaor le destrozase las entrañas. Y ahora soy yo el que está rodeado de gente, pero no de monteras y castoreños, en este sanatorio de Villa Luz, muriéndome precisamente por la apetencia de la luz, la que no podían darme las bombillas de los teatros y sí la boca blanca y caliente de la plaza.
—Fue un príncipe de Sevilla —dice alguien a mi lado—. El de más señorío, el más culto, el amigo de todos los poetas.
—Podría haber muerto de viejo, criando reses en sus fincas. Pero el ojo redondo del toro lo atraía como un imán. No podía morir sino así, como los grandes maestros.
—Como Joselito, su cuñado: en una plaza de pueblo.
—Siempre sintió una gran admiración por Joselito.
—Cuando Gaona dijo en México que él era mejor torero que Joselito, Ignacio se indignó. “Yo, que soy mucho mejor torero que Gaona, como podrán comprobarlo en las corridas que empiezan mañana, sólo pude ser el banderillero de Joselito. Figúrense a qué distancia estará Gaona de Joselito”. Eso lo dijo en una cena, delante del mismo Gaona...
Los que hablan lo hacen en pasado, como si yo ya no estuviera, como si fuese una página de historia. Y quizás no estoy, ya me haya empezado a esfumar. Haber sido un príncipe, un maestro. También de muchos otros dijeron lo mismo y ahora están ya olvidados, como todos los muertos de la tierra; muchos otros con los que tal vez comparta, por sobre todo, el seguro olvido y esta muerte hedionda de sanatorio encalado y fríos escalpelos. Porque estoy muriéndome como antes murió también Mariano Ceballos, que era argentino igual que Encarnación; como Pepe Hillo, desventrado por Barbudo; como Antonio y Gaspar, los hermanos del inmortal Pedro Romero, que fueron corneados en el mismo año; como Curro Guillén en Ronda; como Miguel Jiménez, con el muslo destrozado por Pavito; como Pepete, con el pulmón perforado por Jocinero; como José María Ponce, a quien también devoró la gangrena en la plaza peruana de Acho; como El Espartero, desventrado en Madrid por Perdigón; como Fabrilo, empitonado por la ingle por un toro cárdeno en Valencia; como Corchaíto, a quien el retinto Distinguido le partió el corazón al entrar a matar; como Varelito, que era trianero y lo mató un toro de Guadalest; como Manuel Granero, al que Pocapena destrozó bajo el estribo el día en que confirmaba alternativa; como Litri, al que le amputaron una pierna pero no lograron salvarle la vida; como Gavira, que ya estaba muerto al llegar a la enfermería, sin que el doctor Segovia pudiera hacer nada por él; como Gitanillo de Triana, en fin, cuya agonía duró dos meses y medio y cuya muerte dejó a la fiesta huérfana de uno de sus mejores capoteros. Lenta muerte perezosa y larga, diría José, que no se separa de mi lado, muerte sucia, de algodones y pus, pudridero recamado de oro como las tumbas de El Escorial.
Ahora, casi sin sorpresa, veo asomarse nuevamente el rostro terroso del campesino que pregunta:
—¿Se ha muerto ya?
No sé si ha viajado todos estos kilómetros para reiterar su pregunta o si yo he vuelto a la enfermería de la plaza, si nunca he salido de allí, si la ambulancia jamás llegó, si esas voces que se escuchan son los tendidos que jalean un quite de Armillita o Corrochano. Pero en la enfermería existía el dolor y también la certeza de estar vivo. Con todos los huesos del sufrimiento la vida fue amasando ese pitón de Granadino que fue arado en la siembra de mi muerte; con todos los cuchillos y tijeras de los tiempos se fue forjando el estoque con que repetí en tantas plazas el acto irreparable, bello y libre de mi infancia. No hay arte sin destrucción ni fiesta completa sin sacrificio; y eso lo sabe, aunque inconscientemente, el campesino que asoma su cabeza por el ventanuco enrejado. Por allí entra ahora toda la noche y el polvo opaco de Manzanares y la sangre descompuesta de los toros que desparramaron sus vísceras en el desolladero de la plaza. Ya, ya, un poco de paciencia: con este calor hasta la muerte anda perezosa y a la larga. Pero no se quede allí en el ventanuco, sea usted por su constancia el primero: divúlguelo, desparrámelo, cuéntelo en las cuatro esquinas del pueblo: gríteles que no me traigan cañas ni botijos, que ya no siento sed, que soy ya como todos los muertos de la tierra, como todos los muertos que se olvidan ¿cómo decirlo? en un montón de perros apagados; dígales a cuantos encuentre que sí, que finalmente ha tenido su respuesta a través de la ventana: que Ignacio, que Ignacio Sánchez, que Ignacio el bien nacido... se ha muerto ya.
de: "Tren de la mañana a Talavera".
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