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10 de Marzo, 2009


payada de Simon leyendo isla negra

Isla  Negra en tus arenas

Encontré a Mohamed Hassan

y con un pueblo sin pan

Combatiendo sus cadenas.

Porque el curso de sus venas

No se muere, no se  ata.

Asesino de corbata

Que acusa de malvivientes

A los niños a los niños inocentes

Que con sus misiles mata.

                                                 wilson saliwonczyk

Por lobogabriel - 10 de Marzo, 2009, 16:30, Categoría: poesia
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Guillermo Pilìa, argentina

COMO TODOS LOS MUERTOS DE LA TIERRA

 

Larga y perezosa muerte que dura a veces toda la vida, toda una vida.

José Bergamín

 

 

                Quizás ahora que ya no siento dolor comprendo que voy a morir. El dolor fue antes, en la enfermería de la plaza: una dentellada que nacía en la ingle y que irradiaba hasta el abdomen y a lo largo del muslo. Fue allí donde apareció el sufrimiento, y con él, paradójicamente, la conciencia de estar vivo. Uno no experimenta la certidumbre de estar vivo sino en los momentos en que puede no estarlo. Allí nació el dolor, bruscamente, igual que si emergiera del borbotón de sangre que los médicos se esforzaban en detener, como en un parto monstruoso del que nadie iba a alegrarse. Antes no. Yo estaba sentado en el estribo de la barrera, con la muleta armada en la mano derecha; el toro vino recto hacia el trapo, bravucón y codicioso, mientras yo levantaba la mano y dejaba que la falda del engaño le barriera el lomo sembrado de banderillas; así pasó dos, tres, cuatro veces: sin llegar a estrellarse en las tablas, porque ya me iba incorporando con lentitud y separándome de la barrera. Cuántas veces había iniciado la faena de la misma forma... Pero ayer todo eso, tan conocido, era algo absurdo. Yo no tenía que estar allí: había llegado reemplazando a Ortega, que había tenido un accidente; tampoco sabía por qué estaba nuevamente vestido de luces, cuando años atrás había decidido retirarme para cambiar las tablas de los burladeros por las bambalinas de los escenarios. Un torero escritor, qué cosa más ridícula. No se puede ser torero y pensar demasiado, dice la voz popular. Entonces no había nacido aún el dolor, ni tampoco cuando me llevé al toro con tres muletazos inverosímiles hacia los medios. Pero fue allí cuando sentí penetrándome en la ingle el fuego del pitón, como una inmensa escaldadura; y la plaza que giraba como un zodíaco enloquecido mientras por todos lados se agitaban percales, medias rosas, zapatillas negras, el oro de los espadas y la plata de los subalternos. Era un cauterio y la baba tibia de la sangre que bajaba chorreando por el muslo, como cae en lenta cascada la sangre del toro picado hasta la pezuña. Fuego y tibieza pero no dolor aún, como sentí después en la enfermería, mientras los médicos taponaban ese agujero que por dentro se abría en quien sabe cuántas secretas ramificaciones, como el árbol bronquial de la pena. Lejanamente me llegaba el vocerío de los tendidos; y se iba ensanchando como un fuelle la conciencia de estar vivo aún y la esperanza remota de que fuese verdad la sentencia que afirma: torero que no muere en la plaza, se salva.

                Pero ahora ya no siento el dolor y tengo la certeza de que voy a morir. Estoy en este cuarto extraño del sanatorio Villa Luz en el que parecería haberse concentrado todo el calor del agosto madrileño. Hay alguien junto a mí que me abanica. José me habla despacio, como si temiera herirme los oídos. Me dice que me han operado, que no pierda la calma, que estoy un poco mareado por la anestesia y los calmantes. José y yo deberíamos estar ahora en otro sitio, bebiendo cañas en alguna terraza, como tantas veces en otros veranos. Pero estamos en el sanatorio Villa Luz y José me apantalla y me envía oleadas de un aire tibio e impregnado en yodoformo. Ya no duele, ya no tengo la convicción de vivir, pero me atormenta la sed. A veces los toros orinan y estercolan en el redondel, sin saber que esos actos fisiológicos son perfectamente inútiles, pues en minutos más habrán de estar muertos. El hombre sabe que va a morir, y sin embargo, si está a su alcance, procura evitar hasta el último momento cualquier incomodidad. Un pariente mío se estaba muriendo de un infarto masivo y pedía a la mujer que le acercara un pañuelo con perfume, porque eso lo ayudaba a respirar mejor. ¿O era que no deseaba irse de la vida sin sentir por última vez una determinada fragancia? Yo también sé que me muero, pero es como si el tormento efímero de la sed fuera más imperioso de aplacar que esa angustia  sin orillas que es morir.

                La realidad definitiva, el ansia de nuestros místicos, la apetencia de muerte que no es otra cosa que sed de inmortalidad. Cómo podría comprenderse, de otra forma, que un hombre se vista de oro y de seda para sacar belleza de su enfrentamiento con un toro... No hay belleza sin destrucción. Sin la posibilidad de la muerte, la corrida no sería más que un juego de equilibristas encima de la red, un espectáculo circense como los toros embolados de Portugal. Pero así, en cambio, con el azar de la muerte, es una obra de arte terrible, una tragedia que, quizá en mi caso, comenzó a escribirse mucho tiempo atrás, cuando Granadino era apenas un añojo al que se le iban anunciando los cuernos, cuando decidí abandonar el teatro por la arena, después de dejar antes aún el redondel por los escenarios. Apetencia de muerte, apetencia de gloria, aplausos y claveles, y todo eso no vale hoy lo que el búcaro de barro fresco del callejón de la plaza, lo que un buche de agua de botijo cuando  se tiene todo un arenal ardiendo en la boca.

                —Un vaso de agua, hermanita, por favor —y ahora es José el que habla con la monja que se ha acercado con una palangana enlozada—. Un vaso de agua, que se muere de sed.

                No me muero de sed, sino de los huevos de muerte que el pitón de Granadino sembró bien hondo y en varias trayectorias entre mi muslo derecho y la ingle. Cuando el pitón entra se tiene la sensación de lo irremediable, de lo que ya no puede volver atrás. Si se gira a la inversa la manivela del cinematógrafo, puede volver el pasado y repetirse; pero cuando el asta vulnera la piel y desgarra los músculos, cuando quedan expuestos o cortados los paquetes vasculares, entonces no hay forma de girar la manivela en contrario: es lo irremediable. A los dos años me gustaban los cuchillos y las tijeras, y cuando yo era niño, éstos eran utensilios costosos, que pasaban de generación en generación, hasta que las sucesivas afiladas los volvían inutilizables. Una tarde, escondido debajo de la mesa, me corté un círculo de camisa con la tijera, quizás con la secreta ilusión de estar fabricando algo bello; después quise que la camisa volviera a su estado anterior, pero ya no era posible; y tuve la intuición de que sería castigado. Sentí miedo por el castigo, pero más aún por haber realizado algo que no tenía retorno. Años más tarde, cuando maté mi primer becerro, recordé súbitamente aquel episodio de mi infancia: la espada que había envainado en los blandos del animal ya era un hecho irremediable: podía sacarla, pero no evitarle la muerte. No maté a ese becerro con un estoque, sino con un recuerdo filoso como una tijera. Cuchillos y tijeras eran en mi infancia utensilios costosos: no había que dejarlos al aire en días de tormenta, porque atraían los rayos; y una vez que se mellaban y se tornaban inservibles, había que arrojarlos sobre los techos, para aventar el vuelo de las brujas. Y es el metal de todos esos hierros de mi niñez el que me llena en este instante la boca, el que me lacera los labios.

                —El agua, hermanita —y ahora soy yo el que se la pide.

                —Tenga un poco de paciencia, don Ignacio. Hace tanto calor que tarda en enfriarse. Un poco de paciencia...

                Ella no sabe que me estoy muriendo, o finge no saberlo: de otra forma no me pediría paciencia, como piden algunos toreros a los tendidos cuando la faena comienza a impacientarlos. No sabe, o finge no saber, que los huevos de muerte que Granadino desovó sin odio en mi ingle, como una inmensa mosca, fermentaron rápidamente en el calor de la enfermería de la plaza de Manzanares; no sabe que cuando la ambulancia llegó, ya de madrugada, para trasladarme a Madrid, no me traía a mí solo, sino también a esta muerte perezosa y larga. Ahora ya no siento el dolor, como en aquellas horas que pasé en la enfermería de la plaza. José me apantallaba para darme aire, porque no era suficiente con el que pujaba por entrar por el único ventanuco enrejado. Por ese pequeño rectángulo yo veía avanzar la tarde, sin noticias de la ambulancia que tenía que conducirme hasta Madrid. De vez en cuando se asomaba por esa abertura carcelaria un campesino de rostro terroso y le preguntaba a José:

                —¿Se ha muerto ya?

                ¿Cuál era su urgencia por anoticiarse de mi muerte? ¿Era la piedad, el miedo, la morbosidad lo que lo llevaba a reiterar su pregunta? La tarde avanzaba lenta, con la lentitud interminable de los sanatorios, de las cárceles, de las estaciones ferroviarias. Sólo se percibía el tiempo en los tonos de luz, que iban del blanco violento al ámbar, del rosa viejo al sucio bermellón; hasta que todo se fue entenebreciendo y sólo el oído quedó en vela, afinándose para captar el motor de la ambulancia. Torero que no muere en la plaza, se salva. Pero tenía que salir de allí, de ese pueblucho polvoriento, llegar adonde pudieran atenderme bien. Huir de Manzanares como quien huye del patíbulo, sin saber que la muerte no está en tal o cual lugar, sino dentro de uno. ¿O es que tenemos con la muerte nuestro punto de encuentro, único, preciso, determinado? ¿Lo sabía acaso Joselito esa tarde de mayo en que iba tan alegre en el tren hacia Talavera de la Reina, despreocupado después del abucheo del día anterior en Madrid? ¿No era esa una tarde de toros como cualquier otra, casi aburrida hasta que salimos los dos a alegrarla en banderillas? Pero un instante de distracción fue suficiente para que Bailaor le abriera el vientre y lo dejara muerto en el ruedo. Yo estaba allí, pero no era mi toro ni mi muerte. Y qué hermoso estaba cuando lo velamos en la calle de Arrieta... Yo sólo había podido ser su banderillero. Pero Bailaor no era mi toro, ni la cornada en el vientre era para mí. Quizás esta de ahora no sea tampoco mi muerte, sino la de Ortega, a quien en última instancia estaba ayer sustituyendo. Pero la muerte es algo demasiado preciso y definitivo como para hacer conjeturas o urdir supersticiones.

                —El agua, hermanita, por caridad.

                —Ya, ya, un poco de paciencia.

                De niño, lo veo patente, a veces me entretenía recogiendo guijarros en las calles polvorientas. Recuerdo la luz, que vibraba en el aire; y las horas estivales en que iba metiendo, en un frasco o en una botella de ancha boca, los cantos rodados. Algunos tenían la forma y el tamaño de huevos de pájaros, otros eran más bien cuadrados o con aristas, lisos o ásperos, pulidos o rugosos; los había amarillentos, ambarinos, ocres, rojizos, de reflejos verdes, casi negros. Después ponía el frasco debajo del agua y los guijarros calientes parecían chirriar. Pero lo más asombroso era cómo resaltaban los colores de las piedras mojadas. Era una magia que duraba unos instantes, porque pronto el sol los volvía a secar y los colores de nuevo palidecían. En la playa, en cambio, el efecto era inverso: a veces recogía piedras que me parecían hermosas cuando estaban mojadas por el mar, pero después, una vez secas, todas tomaban un tono mate, con manchas blancas de sal. Así son también los toros, brillo y color cuando la tarde está empapada en el agua del espectáculo y piedras opacas y salitrosas cuando termina la fiesta. La sed, esta sed insoportable, me lleva a la memoria del agua, le da un sentido a mi tormento. Y la memoria del agua me lleva siempre hasta mi niñez.

                —Un poco de paciencia, el agua tarda en enfriarse con este calor —repite la monja, aunque es probable que no quiera dármela porque el médico no le dijo taxativamente que lo hiciera. La monja me trae a la mente otras personas, dispuestas a obedecer hasta el absurdo e incapaces de obrar por sí solas en lo más mínimo.

                —Está bien, hermanita —le contesto, más con fastidio que con odio—. Que Dios se lo pague en el cielo con la misma velocidad...

                Pero José se las ha ingeniado para conseguir unos trocitos de hielo que me va pasando por los labios. Siento el rostro hecho un ascua y la mitad inferior del cuerpo como si fuese de mármol. Ya no tengo dolor. José me apantalla y me llega el vaho del yodoformo; también, detrás del antiséptico, un hedor oculto, como el de las cabezas de toros mal embalsamadas. Ahora es el doctor Segovia el que está a los pies de la cama, todo de blanco, y habla en voz queda con José. Es un diálogo fragmentario, como se conversa en la realidad, no como se simula que se habla arriba de la escena. Dice, o creo que dice, que van a hacerme una transfusión; también que Bienvenida se ha ofrecido como donante.

                —¿Tan mal está doctor? —alcanzo a escuchar la pregunta de José.

                Pero no oigo la respuesta, porque entro en una especie de burbuja de silencio. La luz reverbera lastimosamente en el guardapolvos del cirujano, más violenta que instantes atrás en el hábito de la monja; reverbera y me hace entrecerrar los ojos. Piensan que me desmayo, pero es sólo como una caída en el sueño, en un ensueño de líquidos tibios, de piscinas verdosas. En verano, el aire de mi infancia era envolvente como un agua de superficie. Había una calle de tierra, en el suburbio, con un lado de sombra y otro de sol, como una plaza; del lado de la sombra había cercos con enredaderas de campanillas. La densidad del aire, la sierra sin fin de los insectos, el azul de las campanillas, todo ello era una suerte de mundo familiar que a menos de cien metros se tornaba desconocido. En una ocasión, a la hora de la siesta, había sentido la atracción del lado de la luz: allí todo se veía distinto, como empolvado de blanco, y el aire quemaba y cortaba al entrar en los pulmones. Aquella tarde había vuelto a casa insolado: toda la habitación giraba mientras las mujeres hacían turnos, como en rueda de peones, para cambiarme las compresas heladas con que intentaban apagar el ardor de mi cabeza.

                —Se desmaya —anuncia José.

                El médico me toma el pulso, me abre los párpados con unos dedos fríos, como si los hubiese sumergido en alcohol. Ahora entra alguien más a quien no reconozco. Y esa luz, como la de la calle con campanillas azules de mi infancia, como la que tiraniza los ojos cuando se abre la puerta de cuadrillas. El ruedo es un círculo de yeso donde se busca en vano una arista, un punto de apoyo, porque todo resbala en la luz como en el guardapolvos del doctor Segovia, en las paredes encaladas de la clínica, en la palangana de loza llena de algodones oscuros de la hermanita que aún enfría un agua que nunca voy a beber.

                —Está inconsciente —dice el médico.

                —¿Tan mal está? —pregunta el que ha llegado— ¿Qué es lo que tiene?

                —Gangrena —responde el médico como si gargajeara—. Gangrena gaseosa.

                Perder la conciencia es lo que ellos llaman a no dar los signos esperados. Pero yo sé que la conciencia no se pierde, sino que se repliega a algún burladero del alma. Ya no siento dolor, solamente floto en un agua tibia llena de pétalos marchitos, de flores descompuestas, de frutos mohosos, de hojas carbonizadas. El baño tibio después de la corrida, cuando el cuerpo está empapado en un sudor en el que se han destilado todos los miedos. Y otra vez la sensación de lo irremediable en las palabras que el médico cree que no puedo escuchar, la camisa cortada de mi infancia, la taleguilla cortada en la enfermería de la plaza, el estoque hundido en la cruz del becerro, el asta de Granadino escarbando en mi muslo, lo que se rompe y ya no se compone, lo que no se sana ni se puede reparar.

                —Entonces, ¿no hay remedio?

                —Tardó mucho en llegar a Madrid.

                —Estaba empecinado en que no lo curaran en la plaza, sólo permitió que le taponaran la herida.

                —Pero fueron muchas horas, y bastan ocho o diez para que se incube la gangrena.

                —La ambulancia parecía no llegar nunca, y después este camino de infierno...

                —Sólo queda esperar que no sufra. Tal vez se mantenga inconsciente, porque la infección ya le debe estar llegando a la sangre. Es mejor que permanezca así.

                Ellos creen que no escucho. Pero sus palabras tampoco me aterrorizan: no hacen más que darle sonido a aquello que yo ya he oído en el silencio. Quizás ésta no era mi muerte, sino la de Ortega, quien debía torear ayer en Manzanares. Yo salí al quite y se la saqué de encima con dos capotazos; la tomé para mí, y ahora Ortega quizás se muera de viejo, dentro de muchos años, en su propia cama. Quizás esta sea la muerte que yo mismo busqué desde el primer día en que me puse frente a un toro, en que sentí la atracción de la luz. Dicen que el toreo es el arte de escamotearle bellamente a la muerte; aunque más bien es la posibilidad de coronar con un final cruento una vida que osciló entre la belleza y la sangre. El verdadero sacrificio se consuma no cuando muere el toro, sino el torero: es la máxima ofrenda en el altar de lo bello, la ofrenda verdadera. La muerte del toro es rápida, casi incruenta, pese a la impericia de algunos matadores; los ocho toros de ayer no tardaron más que unos minutos en morir, y ya estaban abiertos y desollados mientras yo esperaba la ambulancia en la enfermería. Pero esta muerte perezosa y larga, qué poco tiene que ver con la que pintaron los artistas... Esos toreros tendidos socráticamente en sus lechos, hermosos y pálidos en la agonía, con los hombres de sus cuadrillas arrodillados junto a la cama o respetuosamente en pie, monteras y castoreños sobre los pechos angustiosos... Así de hermoso estaba también Joselito en Talavera de la Reina después que Bailaor le destrozase las entrañas. Y ahora soy yo el que está rodeado de gente, pero no de monteras y castoreños, en este sanatorio de Villa Luz, muriéndome precisamente por la apetencia de la luz, la que no podían darme las bombillas de los teatros y sí la boca blanca y caliente de la plaza.

                —Fue un príncipe de Sevilla —dice alguien a mi lado—. El de más señorío, el más culto, el amigo de todos los poetas.

                —Podría haber muerto de viejo, criando reses en sus fincas. Pero el ojo redondo del toro lo atraía como un imán. No podía morir sino así, como los grandes maestros.

                —Como Joselito, su cuñado: en una plaza de pueblo.

                —Siempre sintió una gran admiración por Joselito.

                —Cuando Gaona dijo en México que él era mejor torero que Joselito, Ignacio se indignó. “Yo, que soy mucho mejor torero que Gaona, como podrán comprobarlo en las corridas que empiezan mañana, sólo pude ser el banderillero de Joselito. Figúrense a qué distancia estará Gaona de Joselito”. Eso lo dijo en una cena, delante del mismo Gaona...

                Los que hablan lo hacen en pasado, como si yo ya no estuviera, como si fuese una página de historia. Y quizás no estoy, ya me haya empezado a esfumar. Haber sido un príncipe, un maestro. También de muchos otros dijeron lo mismo y ahora están ya olvidados, como todos los muertos de la tierra; muchos otros con los que tal vez comparta, por sobre todo, el seguro olvido y esta muerte hedionda de sanatorio encalado y fríos escalpelos. Porque estoy muriéndome como antes murió también Mariano Ceballos, que era argentino igual que Encarnación; como Pepe Hillo, desventrado por Barbudo; como Antonio y Gaspar, los hermanos del inmortal Pedro Romero, que fueron corneados en el mismo año; como Curro Guillén en Ronda; como Miguel Jiménez, con el muslo destrozado por Pavito; como Pepete, con el pulmón perforado por Jocinero; como José María Ponce, a quien también devoró la gangrena en la plaza peruana de Acho; como El Espartero, desventrado en Madrid por Perdigón; como Fabrilo, empitonado por la ingle por un toro cárdeno en Valencia; como Corchaíto, a quien el retinto Distinguido le partió el corazón al entrar a matar; como Varelito, que era trianero y lo mató un toro de Guadalest; como Manuel Granero, al que Pocapena destrozó bajo el estribo el día en que confirmaba alternativa; como Litri, al que le amputaron una pierna pero no lograron salvarle la vida; como Gavira, que ya estaba muerto al llegar a la enfermería, sin que el doctor Segovia pudiera hacer nada por él; como Gitanillo de Triana, en fin, cuya agonía duró dos meses y medio y cuya muerte dejó a la fiesta huérfana de uno de sus mejores capoteros. Lenta muerte perezosa y larga, diría José, que no se separa de mi lado, muerte sucia, de algodones y pus, pudridero recamado de oro como las tumbas de El Escorial.

                Ahora, casi sin sorpresa, veo asomarse nuevamente el rostro terroso del campesino que pregunta:

—¿Se ha muerto ya?

No sé si ha viajado todos estos kilómetros para reiterar su pregunta o si yo he vuelto a la enfermería de la plaza, si nunca he salido de allí, si la ambulancia jamás llegó, si esas voces que se escuchan son los tendidos que jalean un quite de Armillita o Corrochano. Pero en la enfermería existía el dolor y también la certeza de estar vivo. Con todos los huesos del sufrimiento la vida fue amasando ese pitón de Granadino que fue arado en la siembra de mi muerte; con todos los cuchillos y tijeras de los tiempos se fue forjando el estoque con que repetí en tantas plazas el acto irreparable, bello y libre de mi infancia. No hay arte sin destrucción ni fiesta completa sin sacrificio; y eso lo sabe, aunque inconscientemente, el campesino que asoma su cabeza por el ventanuco enrejado. Por allí entra ahora toda la noche y el polvo opaco de Manzanares y la sangre descompuesta de los toros que desparramaron sus vísceras en el desolladero de la plaza. Ya, ya, un poco de paciencia: con este calor hasta la muerte anda perezosa y a la larga. Pero no se quede allí en el ventanuco, sea usted por su constancia el primero: divúlguelo, desparrámelo, cuéntelo en las cuatro esquinas del pueblo: gríteles que no me traigan cañas ni botijos, que ya no siento sed, que soy ya como todos los muertos de la tierra, como todos los muertos que se olvidan ¿cómo decirlo? en un montón de perros apagados; dígales a cuantos encuentre que sí, que finalmente ha tenido su respuesta a través de la ventana: que Ignacio, que Ignacio Sánchez, que Ignacio el bien nacido... se ha muerto ya.

 

de: "Tren de la mañana a Talavera".

Por lobogabriel - 10 de Marzo, 2009, 16:18, Categoría: cuento
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JAILLI, VILLANCICO Y CUMBIA. Ricardo Dubin

Podría pensar que, de un modo similar, preguntaron los antiguos por el sentido de nuestras vidas. Lo repitieron por siglos, sin saberlo, los villancicos que se cantan cuando se adora en el Pesebre. Y aunque el jailli no tenga relación generacional con un canto que nace en España, ni ambos debieran reconocer la paternidad de la cumbia, encuentro en estos géneros un hilo conductor, una identidad ontológica que me permite reunirlos.

 

El jailli nos enfrenta a esa suerte de datos que me gusta llamar: novedades de lo antiguo. Podemos encontrar allí verdaderas joyas y aún volcar en ellas nuestro sentir más presente; nos preceden como los cerros y los cardones, pero en cambio nos son por completo ajenos. Son eco del canto que se cantó en el mismo suelo, tal vez, pero que sólo puede volver a brotar a condición de que lo reinventemos.

 

El villancico fue poesía argumental que se cantaba en determinadas festividades religiosas. Algunas veces agregó relatos populares de España a las páginas del Evangelio, como puede haber sucedido con el romance de la Virgen y el Naranjel. Floreció para los tiempos en que Colón viajaba hacia América y algunos siglos más. Luego no se de él, salvo que encantó a folcloristas y antropólogos, debe haberle gustado a García Lorca y, pasadas las Navidades, lo cantan los niños de mi pueblo.

 

La cumbia es un género popular y, generalmente, tosco, a veces obsceno como pudieron haberlo sido el tango, el jazz o la zamba. Su nombre deviene de una música tropical que degrada y, las más de las veces, ignora. Nadie puede asegurar que, como el jazz, el tango o la zamba, tenga un destino culto que dignifique su presente. Lo que sabemos es que, como toda palabra humana, es testimonio de esta lucha por la conquista de una razón de ser.

 

Los que siguen son parte de un poemario mayor que, ¿quién sabe?, terminaré por editar.

 

*  

 

CUMBIA VILLANCICO.

 

Al fin de la tarde

la noche madura

y la voz del viento

descansos augura.

Pisando las horas

de cargas oscuras

el fierro calzaba

bajo la cintura.

 

Abrase la rueda,

vuélvase a cerrar,

que busca en el riesgo

su paco y su pan.

 

Frente del negocio

lo duda un instante

porque luego el pulso

no puede temblarle,

baja la visera

aunque no haya sol

y da el primer paso

de esta adoración.

 

Abrase la rueda,

vuélvase a cerrar,

que arriesga su vida

cual juego de azar.

 

Lo miran dos ojos

llenos de terror

y busca en la caja

la recaudación.

En ese momento

parece exitoso,

burlando a la muerte

se aferra al bufoso.

 

Abrase la rueda,

vuélvase a cerrar,

que en sólo un segundo

tres tiros le dan.

 

El escaparate

parece un pesebre

con luces que brillan

y el pecho le duele,

pero no hay pastores

ni el niño Jesús,

sólo su cadáver

en forma de cruz.

 

*

 

DIJO SAN JOSE.

 

¿Qué es esto que hiciste?

No puedo creer,

pensaba María

diría José.

 

Si bien te trataba,

nunca te pegué,

pensaba María

diría José.

 

Por menos moneda

matan su mujer,

pensaba María

diría José.

 

Y además me dices

que el mesías es,

pensaba María

diría José.

 

Si fuera el vecino

lo he de reprender,

pensaba María

diría José.

 

Si fuera el servicio

del patrón, es ley,

pensaba María

diría José.

 

Y si un forastero,

le diría al juez,

pensaba María

diría José.

 

Y si insatisfecha

sos por mi vejez,

recuerda que mía

sos sin yo querer.

 

Pero el Dios del cielo

te quiso mujer,

¿qué haré, yo, María?,

dijo San José.

 

*

 

MAS TIENES A DIOS.

 

La vieja sirvienta

resguarda una fe

tal que la patrona

no puede tener,

y en cambio ella tiene

joyas y vestidos,

un auto moderno

y cientos de libros.

Mas sola en su cuarto,

la vieja sirvienta,

se postra y el Cristo

con amor la alienta.

 

Ambas han tenido,

veinte años atrás,

cositas que dieron

motivos de hablar.

La patrona al socio

de su fiel esposo

amó en un verano

con amor fogoso,

perdió la vergüenza,

no supo ocultar,

hasta echar por tierra

esa sociedad.

 

Habría soñado

quien sabe que vueltas

que tiene la vida,

acaso otras tierras,

o quizás tan sólo

con la excitación

de tenerlo todo…

y todo perdió.

Pero nadie quita

de su alma el momento

de amor clandestino

y de orgasmo lento.

 

La vieja sirvienta

gozó del patrón,

cierto que llevada

por su condición,

y, pasado el tiempo,

con mayor cariño,

fue mujer primera

para con el niño.

Pero siempre supo

que hasta el mismo goce

es, como la vida,

lo que Dios dispone.

 

Una con sus rezos,

otra con sus telas,

las dos, solitarias,

llegaron a viejas,

y al fin la patrona,

ya como una queja,

le dijo a la sierva:

Suerte despareja;

yo todo he tenido,

todo se perdió;

vos me dabas pena

mas tienes a Dios.

 

MAYPIN KANKI.[i]

 

¿Dónde estas, Señor,

en la tormenta?

No la del día,

más bien la nuestra,

la de las certezas

que lleva el viento,

la de las miradas

que van muriendo.

¿Cuál boca reza,

a quien das tu gracia

cuando las cuchillas

del tiempo desgarran?

Bajo los ropajes

de tanta ilusión,

¿dónde está tu imagen?

Dímelo, Señor.

 



 

[i] Este poema lo he titulado, originalmente, Salmo. Le he dado un nuevo nombre, a condición de esta explicación. En mi anterior poemario: Teologemas (primer premio del certamen de poesía 2007 de la UNJU), con el mismo título, maypin kanki, publiqué el siguiente:

 

Puesto a regir, mis ojos no pudieron ver al Tejedor. Con lanas urdió la selva que desciende y compuso el tapiz de las mañanas. Un rostro se desteje cuando el hilo se apolilla, la profundidad y la luz son manchas al azar que mi mirada entrama. ¿Qué es el alma?

 

Puesto a legislar, ignoro quien es el Alfarero. Me consuela pensar que nada hubiera hecho de poder hacerlo. Intuyo el sentido de los vientos porque se parece al de los caminos trazados por el andar entre los cerros, pero no puedo verte. ¿Dónde estás? Dame una señal, para que pueda morir y regresar al suelo. Eso te pido.

 

Al pie, maypin kanki llevaba la siguiente explicación: Expresión utilizada en la poesía religiosa quechua para preguntar por el sitio de los dioses.

 

El término es tomado de Nueva Crónica y Buen Gobierno, libro de Felipe Waman Poma de Ayala, escrito en el Perú hacia 1615. En los estudios previos de la edición de John Murua, Rolena Adorno y Jorge Urioste, se hacen los siguientes comentarios que vale la pena consignar aquí:

 

Otras oraciones reflejan más la concepción andina y no son una repetición de las invocaciones cristianas, dice Jorge Urioste. La invocación de la página 54 es un buen ejemplo de este tipo de oración:

 

Ticze caylla uira cocha, maypin canqui? Hanac pachapicho? Cay pachapicho? Uco pachapicho? Caylla pachapicho? Cay pacha camac, runa rural, maypin canqui? Oyariuay! 

 

La traducción que da Urioste es la siguiente: Señor del fundamento y del más allá, - o fundamental y cercano - ¿dónde estás? ¿En el lugar superior? ¿En este mundo? ¿En el mundo inferior? ¿En la tierra del extremo – o cercana? Ordenador del mundo, hacedor del hombre, ¿dónde estás? Oyeme!

 

Y sigue Urioste: Es interesante notar que Waman Puma al traducir esta oración que podría ser de origen precolonial introduce términos que reinterpretan la cosmovisión andina para reflejar la cristiana. La versión de Waman Puma es la siguiente: O Señor, ¿adonde estás? ¿En el cielo o en el mundo o en el cabo del mundo o en el ynfierno? ¿Adonde estás? ¡Oyme, hazerdor del mundo y de los hombres! ¡Oyme, Dios!

 

Rolena Adorno da otra lectura del mismo texto: En dos ocasiones en el último capítulo de su libro, Waman Puma pregunta: “Y ancí, Dios mío, ¿adónde estás?” Y, en el mismo tono: “¿Cómo está lejos el pastor y teniente verdadero de Dios, el santo papa? ¿Adónde estás, nuestro señor rrey Phelipe…?” La resonancia que este grito conlleva se debe a que fue lanzado originalmente, como vimos, por los primeros andinos en la historia de la civilización antigua que Waman Puma narró y relacionó con los profetas bíblicos: “Padre, ¿en qué sitio estás? ¿En el superior? ¿En este mundo? ¿En la tierra cercana?” La última respuesta de Waman Puma al interrogante es que el mundo está al revés: “Es señal que no ay Dios y no ay rrey. Está en Roma y Castilla.” La falta de orden y de justicia indican la ausencia de Dios. La ausencia del Dios cristiano devuelve al hombre andino a la búsqueda de sus dioses, y a la repetición del rezo antiguo: “Pachakamaq maypin kanki.”

 

Por lobogabriel - 10 de Marzo, 2009, 16:14, Categoría: lecturas
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Loreto Silva - Chile

La ignorante       

                                              

Mi educación sexual fue inexistente, llegué a los doce años sin saber como se hacían las guaguas y convencida de que salían por el ombligo. En el colegio el tema era tabú, y cuando el profesor de biología, habló de la procreación no dijo ni dibujó nada en especifico y habló de amor y más amor, pasando derechito a las leyes de Mendelson y a la genética.

Le pedí a mi hermano mayor, que me explicara, se complicó bastante, de repente brillaron sus ojos y ordenó —dile a mamá que debes hacer una tarea y vas a visitar el Museo de cera “Diputren de París”, debes recorrer completa la sala Enfermedades Venéreas y ahí vas a saber “todo”.
El museo lo vi completo y fue terrible, tanto en la relación sexual como en el parto por un lado se veían las figuras de las personas y con un corte central se apreciaban los órganos que participaban, pasé un tiempo infinito descifrando “qué era qué”. Hasta que entendí “todo”. Quedé fuertemente impresionada, aún hoy, no puedo conversar de sexo... me bloqueo.
Llegué a la Universidad sin haber pololeado, afortunadamente mis compañeras eran mucho más avezadas, experimentadas y generosas en compartir sus experiencias, así que escuchándolas aprendí la teoría que me faltaba.
Posteriormente me casé con mi primer pololo, igual de inexperto, pero a él su madre lo había preparado muy bien, aunque era muy reservado, creo que si hubiese sido diferente me habría asustado.
Años después mi hijo de 5 años me espetó —mira mamá tengo muy claro que pasa cuando se junta la semilla del papá con el huevo de la mamá, lo que yo quiero saber exactamente es ¿como sale la semilla  del papá y por donde se junta con el huevo de la mamá.— Quedé helada, lo único que se me ocurrió fue evadirlo —sabes estoy muy ocupada, ¿le preguntas a papá?— mi esposo desde el dormitorio había escuchado nuestra conversación, me miró y masculló —¡gracias!— el niño entró al dormitorio y cerró la puerta.
Con mi cuñada tratamos de escuchar: fue imposible. Finalmente mi hijo salió de la habitación muy tranquilo. Esperábamos que nos comentara algo, pero nada. Entonces mi cuñada, le dice —¿Le quedó claro lo que le explicó papá?— a ver si así lograba sonsacarle, y él orondo y con un tono de máxima comprensión contesta, —si, pero no le digas nada a mi mamá porque ella no sabe de estas cosas— después salió a jugar.
Divertidas nos miramos con mi cuñada y le digo: —¡que te parece como si fuera poco ser traumada, además ignorante!.

Por lobogabriel - 10 de Marzo, 2009, 16:08, Categoría: cuento
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Carlos Enrique Cartolano- Argentina

ESTA NUBE

 

Esta nube me arrastra

Con sus brazos de humo.

Esta nube

De riqueza malograda

Que huele a gas

Letal

Y a discordia/ A órdenes

Militares/ A palabras

Sometidas.

 

Es del incendio tucumano

Es de viejo bueno

De la séptima batería

En punta ancla

De dos escuelitas

Colmadas de violadores.

 

Me alcanza

Desde esa garganta diantre

De la esma.

Nace en treinta mil suspiros:

Esta nube

De riqueza malograda.

                                                            De Poemas del amor que vence a la muerte, 2008

Por lobogabriel - 10 de Marzo, 2009, 16:07, Categoría: poesia
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Marisa Trejo Sirvent- Mèxico

Sobre mis labios

                                          “Voy por tu vientre

                                         como por tus sueños”.

                                               Octavio Paz

Para verte de nuevo

Cerré los ojos

Y un calor recorrió mi cuerpo

Sólo estaban tus pasos

Tu voz como una sed

recorría mi piel

Noche tras noche

Podía sentir todavía

La dulzura de tus manos

sobre mi desnudez

Las gotas de lluvia

sobre los cristales

de las ventanas.

Tus ojos tocan

mis lunas de aguas

Tocan el viento que me roza

Cualquier silencio

nos delata en llamas

Iluminando el centro

de la dicha

Asedia el mundo

Penetra  

transparente

Llueves como un verano

Sobre mi cuerpo

Fugaz en fuegos

líquidos y en sueños

En mi vientre y el mar

sobre mis labios

En mi piel y tu piel

sobre mis senos.

                                                                                            en la Antología Al filo del gozo:

Por lobogabriel - 10 de Marzo, 2009, 16:06, Categoría: poesia
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Rosina Valcarcel- Lima, Perù

Yo te amé bajo la lluvia de junio

 

Quien no conozca los labios del amor que se alce

No sólo los he soñado a los catorce años

Imaginé todos sus jardines ocultos

Su laberinto cerca al mar

Los ojos sin rostro del amor cubrían mi soledad

Como la alondra que silba a la hora del alba

Las flores y mariposas las mariposas y el arco iris

 

Por ello al mirarte de reojo

Escucho el latido de tu corazón

Y su infinita certeza

Cuando más decido alejarme

Más tus días me aprisionan

Yo te amé bajo la lluvia de junio

En el viento de tu propia memoria

Y te esperé en el universo de las estatuas

 

Hoy queda la calle mediana, azul y gris

El sonido del teléfono que se repite

A veces necesito otra cinta de atar

Mientras tus pasos se van despacito

Mientras duermes o simplemente

Te hace el harakiri.

Por lobogabriel - 10 de Marzo, 2009, 16:05, Categoría: poesia
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Ian Welden. Dinamarca.

STATUS QUO

Sin dirigirte una sola palabra,

simulando displicencia

cual gato en celo,

te obliga a buscar

una misión en la vida.

 

Y vas recogiendo y juntando

una cosa con otra:

calcetines

zanahorias

hijos

copulaciones

olvidando que esa tarea noble

y la has cumplido con creces.

 

Pero insiste testarudo

y manipula con silencios

y tu, confundida,

corres nuevamente

a aparear más calcetines aún

para no perder

lo que ya se perdíó

hace ya muchos años.

Por lobogabriel - 10 de Marzo, 2009, 15:33, Categoría: poesia
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Poesía Mexicana Actual- Seleccion Mario Melendez

Prólogo Marco Fonz de Tanya

Veinte poetas-veinte méxicos:
(todo menos un prólogo)

 "Los poetas escriben para los poetas. Los poetas son los que rinden homenaje a su propio trabajo y todo este mundo se parece mucho a cualquier otro de los tantos y tantos mundos especializados y herméticos que dividen la sociedad contemporánea. Los ajedrecistas consideran el ajedrez como la cumbre de la creación humana, tienen sus jerarquías, hablan de Capablanca como los poetas hablan de Mallarmé y, mutuamente, se rinden todos los honores. Pero el ajedrez es un juego mientras que la poesía es algo más serio y lo que resulta simpático en los ajedrecistas, en los poetas es signo de una mezquindad imperdonable."
                                                                                                       Witold Gombrowicz

Ante tales afirmaciones del escritor polaco, tal vez nos queda estar de acuerdo con él o debatirlo de la mejor manera: escribiendo poemas. Hace tiempo Ciprián Cabrera Jasso nos dijo que es una ilusión decir: “Yo soy poeta”. Esa afirmación es incorrecta, ya que “Ser Poeta” es algo que nadie logra Ser. En cambio si decimos: “Yo escribo poemas”, es más cercana esa actividad a lo que se hace en realidad. Entonces, si tenemos en cuenta lo que dice Ciprián, esa mezquindad de la que habla Gombrowicz no existe. Ya que no se puede ser mezquino con alguien que no existe como el poeta.

Dentro de estos encuentros verbales con lo que es la acción del escribir poemas o del ser poeta, nuestro amigo Mario Meléndez hace una selección de 20 poetas mexicanos, asumiendo el riesgo anterior de lo que signifique ser poeta.

Veinte poemas que de alguna forma muestran lo que en estos momentos se escribe en México. Veinte hacedores de poemas que pertenecen a tres generaciones, de 1965 a 1984. Voces varias de distintas latitudes y con formas diferentes de ver la poesía que se escribe en el país.

Hace unos días vio la luz el proyecto de Adán Echeverría llamado, Del silencio hacia la luz: Mapa Poético de México, Poetas nacidos en el período 1960 -1989. Este proyecto selecciona el trabajo de más de 400 poetas en México, eso sin incluir a poetas en idiomas indígenas del país. Que entonces subiría el número a unos 700 o más.

Se podrá cuestionar si en verdad todos los incluidos son poetas o serán poetas en algún momento. Pero eso al final de cuentas sólo le corresponde al tiempo y a la poesía.

La selección que hace Mario Meléndez es más decantada y se podría hablar que, aunque pequeña, la muestra logra dar un amplio panorama de las tendencias sobre temas, formas e inquietudes de cada uno de los poetas. Un poema por cada uno de los autores hace que la lectura sea fluida y podamos interesarnos en el trabajo de los antologados.

Poetas que cuando leemos el poema olvidamos la edad o los detalles biográficos.

Afortunadamente todas las voces que presenta Mario Meléndez son voces que, de una u otra manera, han hecho de la poesía su proyecto de existencia. Y como toda buena muestra, es plural y llena de sentidos concretos y caminos varios.

Lo que escribió en su tiempo nuestro amigo Gombrowicz, aunque en apariencia siga existiendo, dejó de ser hace ya un buen tiempo. Así como hace tiempo en México se dejó de ver a la poesía como algo que podía ser conducida por un sólo hombre. Reyes, Martínez y Paz han pasado a ser un objeto más de estudio literario y dejaron su lugar a la pluralidad que el país necesitaba. Aunque hay por ahí uno que otro “poeta” o instituciones que quieren todavía pensarse como dueños de la poesía mexicana, esto afortunadamente ya no sucede tan fácilmente.

Son tantas las manifestaciones de diferentes tipos que se dan en México, que ya no podemos pensarnos como los que llevan la batuta. Mas como una comunidad que lleva la palabra como herramienta común y luminosa.

Así el trabajo que hizo Mario Meléndez de 20 poetas mexicanos se agradece de una forma profunda y maravillosa.

Siempre es bueno sentirse acompañado en el camino por el poema y continuar escribiendo poemas y soñando poemas y ser parte, al final de cuentas, de ese animalito raro y extraordinario que es el poema.

se pueden leer en: http://amartinez.marquez.googlepages.com/poesíamexicanaactual

Por lobogabriel - 10 de Marzo, 2009, 15:29, Categoría: prologos
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XV\REVISTA BRASILEIRA 57 ...


Revista Brasileira. Fase VII. Outubro-Novembro-Dezembro 2008. Ano XV ....
Poesia brasileira no século XX . . . . . . . . . . . . . . . . 131 ...
<http://www.academia.org.br/abl/media/RB%2057-EDITORIAL.pdf>

Por lobogabriel - 10 de Marzo, 2009, 15:17, Categoría: web
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